Inicié la labor docente teniendo 21 años de edad, mis primeros alumnos fueron de quinto semestre, ellos tenían entre 17 y 20 años, logré con el entusiasmo de un egresado, ganarme el respeto y admiración de mis estudiantes, seguramente la poca diferencia de edades nos permitió una agradable y satisfactoria convivencia. Mi juventud, en lugar de ser un obstáculo se convirtió en la atracción en la convivencia diaria de una servidora con mi primera generación de alumnos.
Ellos aún sin saberlo, me motivaron a crecer, a creerme que era buena, logrando actuar como ellos pensaban que a pesar de mi corta edad, tenía conocimientos (claro que no los suficientes, pero actuaba como si lo supiera todo).
Recordé qué maestros de mi preparación académica, desde el preescolar hasta la universidad, habían dejado huella en mi, ¿qué dejaron? y ¿cómo lo hicieron?, así que adopte algunas estrategias, habilidades y actitudes, de aquellos maestros que sembraron semillas en mi, que me gustaba como trabajaban y qué sé que con sus acciones lograron que yo tuviera buenos resultados.
Así que empecé siendo una imitadora, formada por diversas piezas de diversos rompecabezas, pero la práctica diaria, la diversidad de experiencias y personalidad de cada grupo, me llevó a ser yo misma.
Evalúo mi clase, con la satisfacción de mis alumnos, con el logro de objetivos y con la atención o distracción de mis estudiantes, con la apertura de ellos.
Ser docente es ser el filósofo que escapa del mito de la caverna de Platón, es practicar la teoría del ensayo y error, es construir, aunque obviamente, como docente partí de la conducción.
No concibo ser docente en otro nivel educativo, aunque no me cierro a las oportunidades. Disfruto de la convivencia diaria con los estudiantes, de explorar nuevos caminos y ver como un mismo procedimiento genera diversos resultados y como diversas estrategias generan un mismo producto.
Mis satisfacciones más grandes están en el reconocimiento y agradecimiento de mis alumnos, ellos nos dicen ¿cómo hemos actuado, en qué hemos fallado, cómo les hemos ayudado?. Pero la docencia también tiene su mal sabor de boca, cuando vemos que los estudiantes hacen oídos sordos y mirada ciega, caminando por rutas que los llevan al fracaso, al obstáculo, al problema; y cuando las cuestiones económicas y sociales, ganan a nuestras palabras, consejos y conocimientos.
En el camino de mi desempeño docente, descubrí y adquirí la seguridad, la libertad, la innovación, la reinvención, la capacidad de hacer pensar y sentir...
Y sé que aún hay más por venir.
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